Me huye el equilibrio.
Trastabillo de la proa de la ira a la popa de la tristeza. Y caigo allí. Hecha
un ovillo entre ausencia y olvido. Abrazándonos las tres las rodillas
murmurando plegarias que no serán porque no pueden. Porque no quieren. Porque
ya fueron. En un arrebato de estupidez me aferro al candelero tratando de subir
de nuevo a donde el dolor duele menos por llevar otro nombre. Fracaso. Me
faltan fuerzas. Me sobra sangre en las piernas. Ausencia sacude la cabeza con
una eternidad de conocimiento en sus ojos. Así no, susurra. Y con un breve
gesto de su cuello señala el mar embravecido que nos rodea. Salta, dice. Y yo
la miro como se mira a los sueños que no se entienden. Salta, escupe su eco en
mi cabeza. Olvido derrama una lágrima con sus ojos fijos en los míos. Y salto
al abrazo del vacío con su mirada clavada en el alma.
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