Caminar sobre cristales rotos no sólo no te hace invulnerable al dolor. Genera además cierto hastío. Porque hollaste suaves prados que te parecen ahora otra vida. Otra historia. De otra. Te preguntas si es merecido. Cuál de la larga lista de tus errores te trajo aquí. O si fueron todos. Si hay un ser superior relamiéndose con crueldad a cada nuevo paso. A cada nueva sangre. Siempre la misma. De la misma. Y concluyes que parar aquí sería dolerte siempre. Cicatrizar sobre los cristales como un árbol enraizando en la tierra. Bajo la tierra.
No. Puedes. Parar.
No. Puedes. Parar.