He soñado que participaba en un concurso de haikú. Me sentaba en un pupitre pequeño de madera oscura. Y cogía una pluma gris mojada en tinta. Negra, pensaba. Negra como un atardecer con los ojos vendados. Triste. Y fría. Pensaba todo eso mientras el resto garabateaba furiosamente sobre sus papeles. Sentía que no podía escribir. Lo sabía. La mano derecha yacía en el lienzo blanco. Y le ordenaba moverse. Sin éxito. Algunos se levantaban a entregar sus obras. Sonreían. Y yo apostaba a que valía la pena leer cuanto manase de aquellos que sí tenían control sobre sus propias extremidades. De pronto la clase cambiaba. Se volvía mucho más oscura. Las lámparas que pendían del techo tenían velas. Luz naranja. Y pensaba en mi atardecer. ¿Quién se había llevado la venda? No quedaba nadie allí. Súbitamente mi mano derecha estaba helada. Demasiado fría. Dolor.
He despertado con las sábanas revueltas. El peso de mi cuerpo sobre el brazo. Derecho. Me he llevado la mano helada a la cara y he maldecido al amanecer por no traer paz alguna. Es mucho más aterrador abrir los ojos.
Me da miedo que la vida sea un concurso de haikú.
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