No, no puedo. Entregarme a la convención absurda de existir cuando se me necesita. Roer las riendas del abismo poderoso y oscuro de la soledad. Son demasiadas noches mirándole a los ojos. Creo que me he enamorado de él. O me he dejado embaucar por sus promesas de una paz cuya existencia cuestiono.
En el gran salón suena una música
que todos saben bailar. Menos yo. Y me acodo en la barra a apurar los minutos
que me queden fingiendo. Que soy verdad. Tangible. Y no una columna de humo que
terminará dispersa allá donde le lleve el viento.
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