- En algún momento va a reventar la presa. Te lo digo porque empieza a oler a agua. A piedras quebradas. Todas esas que pusiste con la intención de evitar la catástrofe. Se va a ir todo a la mierda y te vas a ahogar. En lo que tenías que haber hecho. Bofetadas de planificación ausente y constancia huída convertidas en toneladas de agua golpeándote todos los huesos. Crack. Un ruido sordo te bastará para saber que ya no estás donde están todos. Y volverás a llorarme en el hombro. A sumirte en porqués y aydiosmíos. Como suelen decir, con el rabo entre las piernas. Sólo que tú en vez de eso arrastras una hermosa cadena de errores.
- ¿Errores? ¿Vistos por quién? Por dios, dime que no te has permitido el lujo de juzgarme. Precisamente tú. Ahí sentada en el trono de lo correcto y lo propio. Robándole a una puta estatua una balanza y una venda que jamás han sido tuyas. Tu claridad es como la de quien esnifa cocaína. Pasajera. Irreal. Una mentira tan grande que no puedes considerar errada a estas alturas de la película. Vivir es esto. Joderla, en pocas palabras. Un poco. Mucho. Infinitamente. Acertar un par de veces. Disfrutarlo. La cuestión es que no hay nada irremediable. Y tus verdades absolutas empiezan a darme ardor de estómago.
- ¿Crees que podríamos llegar a un acuerdo? No es que vayamos a llevarnos bien, pero podría haber un equilibrio. ¿Crees que es posible?
- Ahora mismo ni siquiera estoy segura de querer seguir escuchándote.
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